¡Entendido! Ahora vamos con la segunda parte del examen de Yoast: el SEO.
Los nuevos puntos rojos indican que el buscador no sabe de qué trata el texto. Para arreglar esto, he elegido como Frase Clave (Keyword): «concurso de relatos cortos». He integrado esta frase estratégicamente en la introducción, los subtítulos y a lo largo del cuerpo del texto.
También he incluido espacios para que añadas enlaces (links), que es lo que te pide la herramienta. Aquí tienes la versión optimizada para SEO:
Éxito de participación en nuestro concurso de relatos cortos
Desde hace cuatro años, en el Colegio Mayor Mendel, llevamos a cabo un concurso de relatos cortos junto con la Cadena Ser. Esta edición ha contado con la participación de 26 colegiales, quienes pusieron en marcha su imaginación a través de misterios y dramas. Sin duda, la amplia variedad de historias representó un gran desafío para el jurado de este certamen literario.
Tras una intensa deliberación, los miembros del jurado eligieron a los tres ganadores. En primer lugar, nuestra colegiala Andrea Delgado con su obra “Sin Rumbo”, seguida por Víctor Sorando y Alberto Martín. Puedes consultar más detalles sobre nuestras actividades culturales aquí. A continuación, compartimos el texto ganador de este concurso de relatos cortos.
Sin Rumbo: El ganador del concurso de relatos cortos
Su piel rozaba el agua ligeramente sin jamás llegar a hundirse. Era como si las plantas de sus pies acariciasen un suelo fluido: no era sólido, no mojaba y tampoco permitía sumergirse. Desnuda, caminaba lentamente sin cesar. El lugar era terriblemente oscuro; no existía la luz y, sin embargo, se distinguía a la perfección lo que no había. Solo agua y ella.
Sus cabellos eran extremadamente largos, tan negros como un cuervo. Le cubrían el cuerpo consumido y blanco como la nieve mientras se movía sin emoción. A cada paso, unas ondas concéntricas se expandían bajo sus pies. Levantaba el pie contrario como si tuviese alas, dejándolo caer con la suavidad de una pluma. Siempre había estado allí. Para ella nunca hubo un inicio.
La eternidad y el vacío en la literatura
Su recuerdo más lejano no era diferente al presente. Internamente sabía que tampoco habría un fin; esta era la mismísima eternidad. Jamás se perdía en la profundidad de su mente a propósito. «¿Para qué?”, se decía sin pensar. Solo retenía nociones básicas incapaces de abandonar su cerebro. Ella negaba cualquier idea nueva, deambulando con la mente en blanco.
De pronto, un sonido sordo rompió el silencio: “¡Plof!”. Sus piernas quedaron extendidas sobre la superficie acuosa y su cabello se enredó en sus brazos pálidos como raíces de un árbol marchito. Se había tropezado. Se quedó en esa posición un buen rato, preguntándose si merecía la pena levantarse. Como el tiempo no existía, no se sabe cuánto duró aquel letargo.
Un despertar lleno de confusión
Al intentar incorporarse, frenó en seco. Alguien le observaba a través del agua: una figura de tez blanca y ojos inexpresivos. Era su propio reflejo, aunque ella no lograba imaginarlo. «Cierra los ojos», le susurró una voz. Ella obedeció. Una suave brisa y una tenue luz azulada la envolvieron hasta despertarla de su sueño en este concurso de relatos cortos.
Abrió los ojos con esfuerzo y sintió un abrasador desconcierto. Se encontraba en mitad de un frondoso bosque. Sentía la tierra rozando sus extremidades mientras las hojas de los árboles danzaban con el viento. A escasos metros, divisó unas vías de tren de madera roída. No comprendía el lugar ni pretendía descifrarlo; supuso que lo mejor era quedarse allí tirada.
El tiempo y la voluntad perdida
El tiempo pasó hasta que un inusual instinto natural la obligó a incorporarse. Lucía frágil como el cristal. Con esa misma delicadeza comenzó a caminar, protagonizando un andar lamentable y sin voluntad. «¡Oye! ¡Aquí abajo!», gritó una vocecilla. Se detuvo antes de pisar una hermosa rosa blanca.
—Tengo mucha sed. ¿Puedes darme agua? —preguntó la flor. Ella miró su mano derecha; sostenía un pequeño vaso. —No puedo, lo siento —contestó al instante. —Entonces, arráncame. No soporto más esta sed —suplicó la rosa. Tras un silencio, la mujer repitió: «No puedo, lo siento», y siguió su camino. El vaso de agua desapareció sin dejar rastro.
El tren sin rumbo y la identidad
Eventualmente llegó a las vías. Un antiguo tren de vapor asomó desde la oscuridad, imponente y deteriorado. Al frenar, un revisor de traje azul descendió de los vagones. —Bienvenida al tren sin rumbo. Su billete, por favor —dijo con sequedad. Ella encontró en su bolsillo un billete dorado: «Efectivamente, ¡no tienes rumbo!». El revisor perforó la carita somriente del papel y la invitó a subir.
Ya en el vagón, una masa negra y viscosa entró en su compartimento. El ser, con voz ronca, la increpó: —Eres como yo. No tienes rumbo. ¿Qué más da caminar sobre agua o sentarse en un tren a deformarse? Ni siquiera decidiste qué hacer con una rosa. Aquellas palabras la angustiaron. Por primera vez, sintió que no quería vivir sin dirección. Corrió por el pasillo infinito hasta que, movida por una fuerza superior, decidió calmarse y regresar al inicio de esta historia del concurso de relatos cortos.
El encuentro con el conductor
Allí la esperaba el revisor. Tras una puerta apareció el conductor: era ella misma, pero con cuencas vacías en lugar de ojos. —Necesito salir —afirmó ella con firmeza. —¿Tienes a dónde ir? ¿Tienes voluntad? —preguntó la figura distorsionada. —Necesito salir. Tras un duelo de miradas, ella señaló las cuencas del conductor: «Veo dos abismos… y una luz al fondo». El conductor sonrió y la lanzó fuera del tren.
El camino de espinas: Reflexión final
Abrió los ojos sobre las aguas iniciales. Se levantó con determinación. El agua borboteó y surgieron piedras formando un camino. Un papel advertía: «Puedes seguirnos, pero estamos llenas de pinchos». Ella hundió el papel y avanzó.
Cientos de pinchos atravesaron su piel, tiñendo el camino de rojo. El dolor era inmenso, pero no se detuvo. Su sangre cayó al fondo, tiñendo finalmente a la rosa blanca que antes había ignorado. Con sus heridos pies, continuó el camino sin cesar. Eventualmente, ella dejó de sangrar.
[/fusion_text][/fusion_builder_column][/fusion_builder_row]























































