El resumen de un viaje inolvidable
¡Cómo lo gozamos! Disculpen la franqueza, pero ese es el resumen. No es que lo hayamos pasado bien, es que el viaje del colegio a Viena ha sido realmente vibrante. Ha dado para todo menos, casi, para dormir.
Aunque muchas anécdotas se quedarán en Viena, algunas historias todavía hacen que los veinte colegiales que las vivieron se rían al recordarlas. Como no es plan de contar en detalle las más graciosas, sí que podemos relatar lo oficial, lo que estaba en el programa.

Palacios, frío y alguna caída
El plan del viaje incluía una visita al palacio de Schönbrunn, de nombre impronunciable y tamaño inabarcable. Los reyes de CIU, los mendelianos, visitamos este lugar que fue la casa de los Austrias del Imperio Húngaro durante años. Vimos todas las salas posibles y luego, obviando las temperaturas heladoras, dimos una vuelta por los vastos jardines.
Hubo tiempo para que algún colegial creyera que el agua de las fuentes barrocas estaba de verdad congelada. No diremos quién fue, pero sí que metió, sin duda, la pata. Algún otro, animado, resbaló para entretenimiento de austriacos y turistas.

De Klimt al castillo de Bratislava
Viena es una ciudad imperial y la cosa iba de palacios. Vimos también el Belvedere, con sus joyas de arte. Los cuadros de Klimt dejaron a más de un mendeliano con la boca abierta. Alguno ni la cerró porque el dinero, a esas alturas, era justo y solo daba para una audioguía. Por eso, alguno decidió narrarla al resto de compañeros. Los mejores guías, los del Mendel.
Menos increíble pero más juguetón fue el castillo de Bratislava, por donde también dejamos huella. Hacía frío, eso es lo más notable de una ciudad donde lo pasamos muy bien. Aunque no tenía muchos planes, el ambiente lo proporcionamos nosotros con la ayuda de Joseph, nuestro guía eslovaco, o Katiuska, la camarera de nuestro restaurante.

Paseos, comida y un grupo más unido
Por lo demás, hubo tiempo para muchos paseos… Vimos lo típico – ayuntamiento, parlamento, museos, iglesia, avenidas, mercado, ópera… – y lo no tan típico, como algún puesto de kebab o una discoteca muy antigua. Conocimos, de paso, el transporte de Viena. Con él llegábamos a todos los sitios desde el hotel, cuyo guarda nocturno presentaba un humor poco favorable a la sociabilidad española.
Entre tanto, había que comer. Degustamos salchichas a mansalva, patatas de varias formas y mucha carne austriaca. Las comidas y las cenas sirvieron para unirnos más. El viaje sirvió para cohesionar un grupo en el que cada uno venía de entornos distintos. Ahora ya somos amigos. Para eso, al final, sirvió Viena, para hacer del Mendel un sitio en el que todos nos conocemos – y nos queremos – un poco más.





































































